Nadie Sabe

Disclaimer: Esto fue escrito en el 2016 y en verdad he pichao editar y mejorarlo, pero creo que tiene sus mometos


Más allá de la arena queda más arena. Además del polvo infinito dorado por el sol, existe el calor, las alucinaciones, y la sed. Me imagino que pudiese contar los minutos que me quedan en cada grano que entierra mis pies, en cada partícula que carga el viento, abofeteándome con su lluvia seca en corrientes de nada. Mi boca no conoce palabra que no sea “agua”, mis labios partidos olvidando con cada paso la forma de las sílabas. Despido los últimos tragos de mi cantimplora sin decoro, en negación total de su profecía. El sol lentamente se deja vencer por la rotación del planeta. Yo trato inútilmente de estimar la hora, pero mi mirada se rinde ante mis pies, descubriendo la sombra de una inmensa duna interrumpiendo mi camino. Miro hacia sus lados, buscando tregua en sus dimensiones, pero la ola petrificada es de tal magnitud que no se me ocurre otro transcurso que tener que escalar su ridícula altura.

Me detengo y un sollozo se libera de mi cuerpo, el esfuerzo deshidratado por mi falta de energía. Mis ganas de llorar son evaporadas por el deseo de despertar del desvarío engendrado por mi sed, de rejuvenecer con cualquier líquido, por más hipotético, la voluntad de vivir. Lo que me queda de esta voluntad agoniza en mi garganta, a la misma vez mis piernas se mueven en dirección hacia el otro lado de la montaña de arena. Escalo, agonizo, escalo, alucino, escalo, el cielo es acuarela de rosados y anaranjados, escalo, mi sangre adquiere libras de cansancio y me pesan más las extremidades, escalo, mi aliento me abandona cada vez mientras mis pulmones son poseídos por fantasmas de polvo, escalo, me pregunto si ¿alguna vez existí fuera de este reloj de arena?

Pues siento como si tratara de subir el hilo de migajas que baja por necesidad física hacia el fondo del cristal. Me convenzo de que he hallado el purgatorio en esta duna, un castigo interminable intensificado por la falta que siente mi cuerpo por esa sustancia imprescindible pero imposible. Mi existencia limitada a la necesidad y la deficiencia. Mi vida gastada en una lucha cuesta arriba, de querer sin poder, de vivir muriendo, de sentir agonizando. ¿Por qué cargo conmigo conocimientos del lenguaje, del amor, del arte y la ciencia si al fin culmino en el deterioro de mi cuerpo, en una sed insaciable, en una pérdida eterna en el desierto infinito de esta conciencia?

Camino cuesta arriba lo que se siente como días y la duna parece no terminar ni en mis sueños; mi mente casi atosigada por la arena y la fatiga. El tiempo y mi esfuerzo me han vuelto blanca y delgada como el papel. Los vientos de la noche recién caída casi me llevan con ellos. Al mirar al frente por fin vislumbro la cumbre, a menos de un metro de mi alcance. La vista de la cima a tan corta distancia enciende esperanzas en mí que vigorizan mi movimiento. Siento que por fin soy más que un pellejo colgando de un esqueleto que ya se mueve más por instinto que por intención; proclamaría en voz alta mi triunfo, mi victoria sobre la gravedad del tiempo y mi cuerpo, pero me crujirían los labios de tan solo tratar de figurarlos en una sonrisa.

A pasos de esa cúspide, me invaden dudas sobre mi percepción, sobre la posibilidad de que esta sea mi única y última alucinación. Como la metástasis de un cáncer psicológico, me lleno de incertidumbre, ¿serán mis ojos capaces de detectar la realidad detrás del delirio? Quizás esté experimentando las mentiras dulces de la muerte, segundos antes de mi ocaso, a punto de olvidar el sabor del oxígeno dentro de la joroba de un gigante de arena, enterrada sin rastro bajo capas y capas de su piel infecunda. No recuerdo mi muerte. No recuerdo ni como llegué a solo dos pasos de distinguir la otra cara de esta colina infernal.

La luz de la luna me descubre al pisar por primera vez un plano sin inclinación. La novedad de su firmeza me conmueve a gemir. Mis reservas paren una única lágrima, en ella concentrada todas mis fuerzas y deseos, y por ese momento no veo nada más que el mar de las estrellas. Despego de las orillas de la conquista en el oscuro naufragio y me dejo llevar por las brisas nocturnas y los fotones reflejados por la sonrisa de la luna. No recuerdo si esto es lo que se siente ser feliz.

Abruptamente reconozco con seguridad que no estoy muerta. Me arde respirar, y el dolor es de ser vivo. Mi memoria ya no es mía, se fue desprendiendo como hojas de mi conciencia al subir esta duna y ya no reconozco nada si no es con el entusiasmo y la imaginación de un niño. Mi emoción me lleva a mis rodillas. El corazón casi no aguanta lo que me dicen mis sentidos. Al pie de este lado de la duna, se refleja un milagro, un oasis de circunferencia imperfecta. Sin duda aguas bendecidas por el mismo Dios que me condenó a agonizar de sed y a sufrir el estrago de recorrer estas arenas sin mapa ni dirección.

El razonamiento no me da para más que tirarme de cabeza. Mis músculos gastan mis ultimas energías en cruzar el borde de la duna hacia lo inevitable. Minutos de caída antes de sentir el choque de la superficie y no quiero nada más que sentirme completamente sumergida. Respiro agua. Con un gusto letal, me lleno de líquido los pulmones y la voy olvidando la vista del mundo de aire y arena que existe más allá, cada vez más lejano mientras gano pulgadas de profundidad. No creo haber conocido mayor satisfacción en esta vida que la de ahogarme en aquel oasis por voluntad propia, mi sed finalmente colmada hasta la muerte de este cuerpo inútil y débil.

    “Nadie sabe lo que andamos buscando
    Si un salto hacia la luz o si nos vamos marchando
    Nadie al fin se pregunta
    Donde acaba este inicio
    Si es acaso un comienzo
    Si esto es un precipicio”

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